Este artículo fue publicado el día 11/03/2016 en la web de Clarín.com (http://www.clarin.com/buena-vida/nutricion/alcohol-fija-grasas-mito-realidad_0_1538246301.html)

¿Cuánto hay de cierto detrás de una frase grabada a fuego en el saber popular?

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Convivimos con las bebidas alcohólicas desde hace milenios. Forman parte de la historia y la cultura de casi todos los pueblos del mundo. Están presentes en celebraciones sociales, tradiciones religiosas, ritos iniciáticos, o incluso en la más trivial de las cotidianeidades. A veces para festejar, y a veces para ahogar las penas. Sin embargo, más barato o más caro, económico o metabólico, siempre hay un precio a pagar.

La expresión popular de que el alcohol “fija las grasas” parece indicar que cuando ingerimos alcohol, éste tendría algún tipo de propiedad química (o quizás mágica) para identificar a las células adiposas y ponerles algún tipo de “tapón” para evitar que se vacíen. Déjeme decirle que el metabolismo es bastante más complejo. Sin embargo, la idea de que el alcohol podría evitar reducir la grasa corporal tiene algo de cierto.

El hígado es el principal órgano encargado de metabolizar el alcohol que podamos ingerir. Con el intento de hacer más didáctica esta explicación, imaginemos al hígado como si fuera el ministro de economía de un país: es el gran gestor de los recursos nutricionales del organismo.

Cuando existe un superávit energético o de algún nutriente en particular, como puede ser el caso de la glucosa, las células hepáticas tienen la capacidad de almacenarla e, incluso, transformarla en un combustible más eficiente aún, como lo son los lípidos (o grasa) y enviarlos (vía sangre) a reservarse a los tejidos especializados en ello, principalmente el tejido adiposo. Por el contrario, cuando hace falta glucosa en sangre, éstas ponen manos a la obra para sintetizarla y mantener sus niveles estables. El metabolismo es ciertamente más complejo, pero en principio quédese con esta idea de que el hígado puede administrar los recursos, tanto en la abundancia como en la escasez.

El alcohol es un xenobiótico, es decir, una sustancia ajena a la fisiología humana. Debe, por ende, ser eliminada. Ahora bien, mientras que con el manejo habitual de nutrientes el hígado puede regular los tiempos y la dedicación de su intervención, cuando llega el alcohol, no le queda otra opción que ocuparse de él inmediatamente. Es una situación de emergencia que no puede dilatarse.

En su vía de degradación hepática, el alcohol libera energía; para ser precisos, cada gramo aporta 7 calorías. Si bien los requerimientos energéticos del hígado son relativamente importantes, en general suele pasar que la situación se vuelva muy pronto energéticamente superavitaria. Pero aquí no acaba el asunto.

Decíamos que el hígado es un gran administrador de recursos, y a toda hora le llegan combustibles para utilizar. Cuando una célula hepática obtiene la suficiente energía por parte del alcohol, la misma deja de utilizar los combustibles energéticos habituales. Por lo tanto: si hay más de lo que se gasta, ¿dónde puede almacenarse ese sobrante? Sí, adivinó, en su depósito de grasa corporal: el tejido adiposo.

Buceando en la células

Sin embargo, el asunto involucra algunas complejidades más. El alcohol, una vez dentro de la célula hepática, puede interactuar (vía intermediarios) con el ADN, favoreciendo la síntesis de enzimas relacionadas con la lipogénesis, es decir con la formación de grasa. Imagine ahora a la célula hepática como la planta de una fábrica automotriz. Supongamos que la planta fabrica 50 autos por día. Pero en algún momento comienza a recibir pedidos de autos muy por encima de sus posibilidades productivas. El jefe de la planta se da cuenta que no llegará a fabricar la cantidad que necesita, con lo cual, decide ir a ver al gerente (que vendría a ser el ADN), quien toma la decisión de contratar de urgencia a más operarios (enzimas) para poder así, producir más autos (lípidos/grasas).

De modo que el alcohol genera entonces este doble fenómeno. Por un lado, provoca que el hígado disminuya su consumo habitual de nutrientes, dejando más cantidad disponibles para otros tejidos, como puede serlo el adiposo, el cual los aprovechará para aumentar sus reservas. Y, por otro lado, favorece la síntesis de lípidos en el hígado, lo cual se traduce en una mayor provisión de lípidos a la sangre, que podrán, eventualmente, ser usados para reservar aún más grasa en el tejido adiposo.

Cuando el fenómeno se vuelve crónico, las estructuras del hígado comienzan a degenerarse, y progresivamente se pierde parte de la capacidad de liberar estos lípidos al plasma. Este “hígado graso”, conocido también como “esteatosis hepática”, es una condición muy seria, que si no es tratada en tiempo y forma, puede conducir a una cirrosis.

 

¿Qué tomamos cuando tomamos?

Habiendo focalizado en el alcohol, déjeme decirle que he dejado de lado una cuestión de vital importancia, y es que nadie toma alcohol, sino bebidas alcohólicas. ¿A qué me refiero con esto? Fernet con gaseosa cola, cerveza, tragos con azúcar y/o bebidas gaseosas, vino, aperitivos con jugos, etc…Todas estas bebidas, contienen, en mayor o menor medida, una cantidad importante de hidratos de carbono de alto índice glucémico, rápidamente absorbibles, y que tienen unas implicancias metabólicas propias, más allá de las del alcohol.

Suele denominarse a las calorías derivadas del consumo de alcohol como “calorías vacías dado que no aportan nada rescatable a nivel nutricional. Habría que ser incluso más duro al respecto, y llamarlas sin pudor como “calorías nocivas”, porque no sólo no aportan nada positivo, sino que generan directamente un perjuicio.

¿Y qué comemos cuando tomamos?

Ahora bien, tampoco he mencionado la idea de que también comemos cuando tomamos. No llamaría la atención el consumo de bebidas alcohólicas combinado con picadas, pizza, empanadas, snacks, etc. En ese contexto, se dan las condiciones ideales para una pequeña tormenta perfecta de acumulación de grasa.

¿Y las recomendaciones sobre tomar vino tinto a diario? ¿No es parte de la dieta mediterránea? Al respecto y brevemente, le digo que la mejor opción, según la evidencia científica actual, parece ser la de no consumir alcohol, pero digamos que el vino tinto, en términos de bebidas alcohólicas, es la “menos mala”.

No está de más decir que todo lo que aquí se comenta está pensado como un muy sencillo acercamiento a lo que sucede en su metabolismo energético cuando toma alcohol, pero en ninguna medida aborda las implicancias a nivel fisiopatológico, neurodegenerativo, o en lo relacionado con una adicción, que representan flagelos adicionales y muy serios, por cierto.

 

Conclusiones

Entonces, ¿mito o realidad? Aunque debo admitir que no me gusta la expresión “fijar grasa”, sí es cierto que el consumo de alcohol dificulta la pérdida de grasa, favorece su acumulación, y si se consume junto con bebidas azucaradas, los efectos en este sentido son sinérgicamente engordantes.

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