El siguiente artículo fue publicado en la web de Clarín.com el día 18/04/2017
(https://www.clarin.com/buena-vida/nutricion/edulcorantes-querias-saber-base-evidencia_0_HyKi5uGAg.html)

En este espacio voy a extender un poco el artículo para poder abordar unas cuantas complejidades que el tema merece. Al final del mismo encontrarán todas las referencias bibliográficas.

El tema de los edulcorantes no nutritivos es muy probablemente uno de los que más polémica genera en gran parte del mundo profesional y en la población en general.

Mientras un bando los abraza y festeja, el opuesto les teme e incluso los maldice.

¿Dónde quedamos parados ante esta irreconciliable controversia?

¿Qué son los edulcorantes?

Según el Código Alimentario Argentino, se denomina edulcorantes no nutritivos a “un grupo de aditivos alimentarios que le proveen sabor dulce a los alimentos. Se utilizan como endulzantes alimentarios y que no aportan calorías, o bien, aportan cantidades insignificantes.”

En Argentina y Latinoamérica, los más utilizados son aspartamo, acesulfame K, sacarina, ciclamato, sucralosa, y los glicósidos de esteviol, conocidos popularmente como estevia o Stevia.

“Todos esos compuestos químicos”.

Un primer punto que suelo identificar es el de la quimiofobia, que no es otra cosa que una aversión irracional o prejuicio contra sustancias químicas o la química en general. Esto no significa que no haya compuestos químicos nocivos. Pero una cosa es un temor fundado, como el que puede haber ante un metal pesado como el plomo y otra diferente es temerle a todo lo que pueda estar relacionado con la química. De hecho, y en términos estrictos, todo es química.

“Claro -me dirá usted- pero no son químicos sintéticos”. Pues bien, el hecho de que un compuesto químico sea sintético no significa que sea peligroso, así como tampoco es cierto que el que un compuesto de origen natural sea necesariamente inofensivo.

Ese error argumental se denomina falacia genética, pues juzga a las cosas teniendo en consideración únicamente de su origen. Sobrados son los ejemplos de químicos de origen natural, tales como el cianuro o el veneno de una cobra que podrían poner en peligro nuestras vidas. Abundan de igual manera, compuestos de origen sintético que han salvado incontables vidas, y que incluso mejoran nuestra calidad de vida cotidiana. De cualquier modo, la toxicidad de un compuesto químico no reside en si su origen es natural o de síntesis. Es ineludible, además, la frase que acuñó el alquimista y médico suizo Paracelso hacia finales del siglo XV: “el veneno está en la dosis”.

Por ello, no alcanza la simple justificación de que los edulcorantes se tratan de compuestos químicos para alegar su culpabilidad.
Se necesita para ello otro tipo de abordaje: la ciencia.

Algo más que simples mitos.

Pero la cuestión con los edulcorantes no cae solamente en el terreno de los mitos y de las falacias argumentales, sino que es un tema de constante investigación científica.

Una de las circunstancias que ha llevado a una intensa investigación es que se creía, en primera instancia, que los edulcorantes no calóricos utilizados en reemplazo del azúcar aliviarían la pandemia de la obesidad y las crecientes cifras de diabetes tipo 2.

La lógica detrás de este razonamiento es bastante simple: si el azúcar y las bebidas azucaradas fueran reemplazadas por edulcorantes y bebidas edulcoradas, las calorías provistas por las primeras desaparecerían de la ecuación de la ingesta energética total. Ergo, si el resto de la dieta se mantuviera igual, se estarían ingiriendo al final del día, un número menor de calorías.

La clave, en este sentido, es entender que no serían los edulcorantes per sé los responsables de la reducción en la ingesta energética, sino la exclusión del azúcar.

De la teoría a la práctica.

Sin embargo, curiosamente, una gran cantidad de estudios epidemiológicos reflejaba que estas premisas no tenían su espejo en la realidad. Es más, se veía que el uso de edulcorantes se asociaba a sobrepeso, obesidad, eventos cardiovasculares y diabetes tipo 2. [1] [2] [3] [4] [5] [6]

¿Podría decirse entonces que los edulcorantes son inútiles e incluso contraproducentes?

No, sería incorrecto hacerlo, dado que los mencionados son estudios de carácter observacional, y carecen de las características metodológicas para demostrar causalidad. Una famosa frase en metodología científica reza “Cum hoc ergo procter hoc”, o traducido al español: “correlación no implica causalidad”.

Entonces, ¿cómo podemos verificar si efectivamente hay una relación causa-efecto?

Ahí entran en juego los estudios de intervención. La cantidad de estudios de este tipo realizados sobre el tema de los edulcorantes es enorme. Es por ello que a veces conviene acudir a revisiones y meta-análisis, estudios que recopilan y evalúan otros estudios realizados e intentan rescatar los estudios más sólidos metodológicamente para sacar conclusiones. ¿Qué nos dicen este tipo de estudios?

La gran mayoría encuentra que los edulcorantes no provocan sobrepeso, obesidad, ni otras consecuencias deletéreas de relevancia. Por otra parte, los edulcorantes son considerados herramientas de utilidad para planes de pérdida y mantenimiento de peso cuando reemplazan al azúcar en el corto y mediano plazo[7]  [8] [9]  [10] [11] [12] [13] [14].

¿Por qué entonces los estudios epidemiológicos los asocian al sobrepeso la obesidad y la diabetes tipo 2?
Para esto puede haber varias explicaciones. En principio, una de ellas podría residir en el fenómeno conocido como causalidad inversa. Lo que podría estar pasando es que no hayan sido los edulcorantes los que originaron estas padecencias, sino que a causa de sufrir estas condiciones, estos individuos podrían haber decidido cambiar de azúcar a edulcorantes en pos de intentar revertir la situación o, al menos, evitar agravarla.

Crédito extra.

Existe un fenómeno adicional y muy interesante que responde un sesgo cognitivo que llevaría a muchos usuarios habituales de edulcorantes a sobrecompensar energéticamente lo que “ahorran” en calorías al reemplazar azúcar con edulcorantes. De este modo, consciente o inconscientemente, muchas personas se darían un crédito extra para comer más con la excusa de que sus bebidas no aportan calorías.

¿Libres de toda culpa y cargo?

Existen también estudios que ponen en duda su absoluta inocencia. [15] [16] [17]

En este sentido, la Dra. Marta Yanina Pepino, científica argentina radicada en EEUU y actual investigadora en la Universidad de Illinois de Urbana Champaign, cuenta con varias publicaciones sobre la sucralosa. Tuve la oportunidad de hablar con la Dra. Pepino, cuyo grupo de investigación ha indagado específicamente en los efectos sobre la regulación de la glucemia. Y si bien sus hallazgos no son todavía suficientes para evidenciar efectos de relevancia clínica, sí parecen indicar que la sucralosa no es un compuesto fisiológicamente inerte [18].

Posibles explicaciones fisiológicas.

Varios son los puntos en los que el mundo científico repara a la hora de plantear hipótesis y llevar a cabo estudios sobre las posibles mecanismos fisiológicos de los edulcorantes. Intentaré resumirlos y explicarlos de una manera sencilla.

-Disrupción entre el dulzor y la energía.

Existe un fenómeno que se denomina aprendizaje asociativo, y que usted visualizará mucho más claramente si le traigo a colación el experimento de Pavlov. Este fisiólogo ruso hacía sonar una campana previamente a alimentar a un grupo de perros. Cada vez que escuchaban la campana, los perros sabían que vendría algo de comida. El gran aporte de Pavlov tuvo lugar al verificar que una vez generada esta rutina, los perros comenzaban a salivar con el mero sonido de la campana. Ésta era la respuesta a un estímulo conocido, concepto que quedó bajo el nombre de “condicionamiento pavloviano”.

En este sentido, y volviendo al tema que nos aboca, estamos habituados a que los sabores dulces nos provean calorías. La gran pregunta es entonces: ¿qué pasa cuando percibimos sabores dulces pero la energía no llega? ¿Podriá esto alterar nuestros sistemas de control de la ingesta o del apetito? ¿Podrá esto inducirnos a comer más en búsqueda de esas “calorías prometidas”?
Si bien existen estudios en animales en los que se pueden observar que los edulcorantes producen alteraciones que podrían provocar un aumento de la ingesta [19] , los estudios en humanos no parecen mostrar lo mismo.

La gran mayoría de las investigaciones en este sentido indican que si bien algunas bebidas con edulcorantes podrían aumentar la sensación de apetito[20] [21], no se ha visto que esto se traduzca en un exceso de la ingesta de alimentos en las siguientes comidas. [22]

-La lengua no es todo: “nuevos” receptores de sabor dulce.

Hasta hace no mucho tiempo, se creía que la percepción del gusto dulce residía únicamente en las papilas gustativas. Esto ya no tiene vigencia, pues se han encontrado receptores de sabor dulce de las mismas características estructurales en el tubo gástrico e intestinal. Estos receptores jugarían el rol fisiológico de “avisar” tempranamente al páncreas que se avecinan azúcares. Esto sería importante para que la regulación de la glucemia (azúcar en sangre) se realice de la manera más eficiente posible.

La hipótesis es que los edulcorantes pudieran estar avisando que llegarían azúcares, pero a fin de cuentas, esto sería una falsa alarma. ¿Podría esto alterar las hormonas que participan en regulación de la glucemia? Y si lo hiciera, ¿cuáles serían las consecuencias?

Algunos estudios muestran efectos sobre algunas hormonas relacionadas con el control de la glucemia de las gaseosas con edulcorantes [23] [24] ,pero no de soluciones de agua con edulcorantes [25] [24], lo cual complejiza el asunto y da la pauta de que no se pueden extrapolar los resultados de los productos que contienen edulcorantes a los edulcorantes en sí.

Sin embargo, la mayoría de la bibliografía, no encuentra resultados significativos. [26] [27] [28] [29] [30] [31] [32] [33] [34]

-Alteraciones en la Microbiota intestinal

La investigación respecto a las implicaciones de la microbiota intestinal (bacterias que viven en nuestro intestino) en la salud es cada vez más intensa. Un estudio del 2014 ha alertado sobre un posible impacto de los edulcorantes sobre la microbiota, lo cual podría tener consecuencias negativas en nuestra salud [35]. Sin embargo, el diseño de investigación ha sido fuertemente cuestionado en el mundo científico. Por otra parte, la investigación respecto a la micriobiota es un bastante incipiente y realmente es todavía muy limitado el entendimiento que tenemos sobre la materia.

No perderse el bosque por ver el árbol.

Me gustaría mencionar una cuestión que a mí me parece de primera magnitud y que tiene que ver con el contexto alimentario. El uso de edulcorantes se relaciona habitualmente con pautas de alimentación en la que los productos ultraprocesados tienen una participación de relevancia. Los edulcorantes suelen inscribirse en dietas en las que abundan los “productos de supermercado”. Y esto, desde mi punto de vista, no hay que subestimarlo. Dudo seriamente de encontrarme con usuarios habituales de edulcorantes cuyas dietas estén basadas en vegetales, frutas, y alimentos con bajo grado de procesamiento.

De lo que no dudo es que hay mucha gente que acude sistemáticamente a casas de comida rápida y que elige bebidas con edulcorantes, en un intento quizás de evitar calorías extra y/o de sentirse menos culpables.

Por ello hago énfasis en que el contexto importa…y mucho.

Comentarios y conclusiones finales

  • Para perder peso de manera sostenida y eficiente, no alcanza simplemente con sustituir azúcar o bebidas azucaradas por sus contrapartes con edulcorantes.
  • Reemplazar azúcar por edulcorantes parece, a la luz de la evidencia, una herramienta de utilidad en planes de pérdida y mantenimiento de peso, así como también en la prevención y tratamiento de diabetes tipo 2.
  • Los edulcorantes podrían no ser inertes metabólicamente, pero no hay evidencia sólida que indique que estos efectos sean significativos clínicamente.
  • Aun con todo lo planteado, en mi opinión personal y profesional, la mejor alternativa sigue siendo la de tomar agua. Asimismo debo decir que, en caso de querer endulzar, prefiero los edulcorantes por sobre el azúcar.
  • Nota de importancia: en el caso de embarazadas, es recomendable evitar el uso de sacarina y ciclamato de sodio, dado que estos compuestos pueden atravesar la placenta. Fuera de esto, no existe evidencia suficiente para recomendar el uso de un edulcorante por sobre otro.
  • Las posturas extremistas, es decir, aquellas que afirman que los edulcorantes son veneno o, por el contrario, aquellas que aseveran que está absolutamente demostrado que no producen nada, ignoran o deciden ignorar una parte de la literatura científica. Los edulcorantes siguen siendo un tema de estudio, y si bien al día de hoy no hay pruebas de efectos negativos de relevancia en humanos, la ciencia sigue investigando permanentemente.

Lic. Ramiro Ferrando.

Sobre el autor: Ramiro Ferrando es Licenciado en Nutrición (MN 8571) y Máster en nutrigenómica y nutrición personalizada. Su web: Pienso, luego como

Agradecimiento especial a mi amigo Martín Ruggieri por su invaluable ayuda en la revisión de una enorme cantidad de literatura científica.
Pueden seguir sus publicaciones y actualizaciones constantes de información en https://www.facebook.com/MRuggieri86

Referencias bibliográficas:

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[2]           J. Nettleton, P. Lutsey, Y. Wang, J. Lima, E. Michos, en D. Jacobs, “Diet Soda Intake and Risk of Incident Metabolic Syndrome and Type 2 Diabetes in the Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis”, Diabetes Care, vol 32, no 4, bll 688–694, 2009.

[3]           H. Gardener, T. Rundek, M. Markert, C. B. Wright, M. S. V Elkind, en R. L. Sacco, “Diet soft drink consumption is associated with an increased risk of vascular events in the Northern Manhattan study”, J. Gen. Intern. Med., vol 27, no 9, bll 1120–1126, 2012.

[4]           S. P. G. Fowler, K. Williams, en H. P. Hazuda, “Diet soda intake is associated with long-term increases in waist circumference in a biethnic cohort of older adults: The san antonio longitudinal study of aging”, J. Am. Geriatr. Soc., vol 63, no 4, bll 708–715, 2015.

[5]           C. W. Chia et al., “Chronic low-calorie sweetener use and risk of abdominal obesity among older adults: A cohort study”, PLoS One, vol 11, no 11, bll 1–15, 2016.

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[10]         M. Zheng, M. Allman-Farinelli, B. L. Heitmann, en A. Rangan, “Substitution of Sugar-Sweetened Beverages with Other Beverage Alternatives: A Review of Long-Term Health Outcomes”, J. Acad. Nutr. Diet., vol 115, no 5, bll 767–779, 2015.

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[13]         J. R. Roberts, “The Paradox of Artificial Sweeteners in Managing Obesity”, Curr. Gastroenterol. Rep., vol 17, no 1, bll 1–3, 2015.

[14]         J. C. Peters en J. Beck, “Low Calorie Sweetener (LCS) use and energy balance”, Physiol. Behav., vol 164, bll 524–528, 2016.

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[16]         O. Bruyère et al., “Review of the nutritional benefits and risks related to intense sweeteners”, Arch. Public Heal., vol 73, bll 1–10, 2015.

[17]         J. Shearer en S. E. Swithers, “Artificial sweeteners and metabolic dysregulation: Lessons learned from agriculture and the laboratory”, Rev. Endocr. Metab. Disord., vol 17, no 2, bll 179–186, 2016.

[18]         M. Pepino, C. Tiemann, B. Patterson, B. Wice, en S. Klein, “Sucralose affects glycemic and hormonal responses to an oral glucose load”, Diabetes Care, vol 36, no September 2013, bll 2530–2535, 2013.

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[20]         P. J. Rogers, J. A. Carlyle, A. J. Hill, J. E. Blundell, en Anonymous, “Uncoupling Sweet Taste and Calories – Comparison of the Effects of Glucose and 3 Intense Sweeteners on Hunger and Food-Intake”, Physiol. Behav., vol 43, no 5, bll 547–552, 1988.

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[31]         G. Okuno et al., “Glucose tolerance, blood lipid, insulin and glucagon concentration after single or continuous administration of aspartame in diabetics”, Diabetes Res. Clin. Pract., vol 2, no 1, bll 23–27, 1986.

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[35]         J. Suez et al., “Artificial sweeteners induce glucose intolerance by altering the gut microbiota”, Nature, vol 514, no 7521, bll 181–186, 2014.

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