Consultorio nutricional : Cómo modificar el “necesito algo dulce después de cenar”

El siguiente artículo fue publicado en la web de Clarin.com el día 21/08/2018
https://www.clarin.com/buena-vida/modificar-necesito-dulce-despues-cenar_0_r14UtHor7.html

 

La balanza decretó 71,3 kg.

Carolina se bajó, con un gesto de desánimo en el rostro.

Profesora de historia de varios colegios secundarios, 36 años, separada y con una hija de 6 con la cual convive.

Con su 1.58m tiene un índice de masa corporal de 28.6, lo cual está dentro del rango de sobrepeso.

– Necesito algo dulce después de cenar. Me pasó siempre. Algo. No importa qué, pero algo dulce – me dijo durante la consulta.

– A ver, dame ejemplos de lo que habitualmente ese “algo” puede ser – le pedí.

-No sé, un pedazo de chocolate, un bombón, un pedacito de torta,un helado.

-¿Y algo como una fruta?, por ejemplo – pregunté.

-No, algo dulce rico.

Nótese como el “no importa qué” ya toma otro cariz. Quise seguir indagando.

-¿Las frutas no te gustan?

-Sí, me gustan. Pero no para el postre. No cuando quiero algo dulce – resolvió.

 

Carolina me contó que siempre tuvo que convivir con el hecho de estar al límite con el sobrepeso, pero desde que había sido madre, la tendencia a ganar peso fue casi constante.

Su problema eran las noches y “lo dulce”. Siempre lo habían sido.

Alegó poder controlar con absoluta rigurosidad y sin mayores problemas lo que comía durante todo el día. Pero la noche era diferente. La noche era “imposible”.

Fuera invierno o verano; cenara guiso o ensalada; estuviera relajada o estresada, siempre”necesitaba” algo dulce. Aunque, claro está, no cualquier cosa dulce.

Carolina dijo haber pasado por varios nutricionistas y haber probado”todas” las dietas posibles.

Había probado con postres “light”, pero un potecito terminaban siendo tres y a veces cuatro. Había probado controlando las porciones comprando chocolates en barritas individuales u optando por bombones. Incluso, armaba contenedores individuales para frizar cuando su hermana le daba tiramisú o alguna otra torta que solía preparar. Pero siempre terminaba comiendo más de una porción. A veces mucho, mucho más.

Carolina quería bajar de peso, pero quería, fundamentalmente, terminar con una conducta que la llevaba de manera permanente a la frustración, a sentirse mal consigo misma.  No hay una forma universal desde lo nutricional de lidiar con este tipo de situaciones, ni mucho menos una que garantice el éxito. Como si fuera poco, hay veces en las que una estrategia puede funcionar en el corto plazo, pero fracasar en el mediano. Rara vez las cosas se resuelven de manera contundente, rotunda y definitiva.

Hay, no obstante, abordajes y estrategias, que si tuviera que describir a grandes rasgos, se podrían dividir en dos grandes familias: las que actúan sobre el cuánto (porción) sin modificar o modificando levemente el qué (alimento); y las que, por el contrario, modifican radicalmente el qué (alimento) sin poner demasiado foco en el cuánto. Éstos son más bien polos, y en la práctica la mayoría de las veces los grados intermedios, los matices, son los que priman.  Más allá del hecho de que existen corrientes profesionales que defienden una u otra postura (e incluso atacan o desacreditan la otra), la realidad, la cotidianeidad, revelan que no hay una opción “correcta” por definición.  ¿Qué convenía hacer en el caso de Carolina?

Opción 1

Dentro de la postura cuantitivista, la idea sería lograr controlar la porción. Ésto, en el pasado no le ha funcionado. Sin embargo, si uno quisiera insistir por este lado, e intentando buscar la mejor alternativa dentro de esta postura, se podría intentar disuadir a Carolina para que compre diariamente sólo aquello que comerá a la noche. Si el acuerdo entre profesional y paciente es un bombón por noche, Carolina comprará solamente uno diariamente. No le convendrá, por supuesto, tener un stock en la alacena, la heladera o el freezer, pues la tentación la llevaría a exceder aquello a lo que se comprometió como porción.

Opción 2

Dentro de la linea cualitativa, propondría que Carolina no tuviera a disposición estos productos que no puede manejar. Algo similar, salvando las distancias, a lo que pasaría con un tratamiento de adicciones. Quien es alcohólico no es tratado con un pequeño trago cada día. Porque a pesar de lo que dice Carolina, esto no se trata de una cuestión de lo “dulce”, sino de productos que, además de dulces, son altamente palatables y que, en muchos casos, ni la saciedad puede limitar. Se trata, habitualmente, de productos con una alta densidad calórica, bajo contenido en fibra, y con azúcares y/o grasas añadidas; todo lo que termina por elevar el valor hedónico. Recordemos las palabras que usó: “algo dulce rico”.

 

El modo de proceder podría, por ejemplo, reemplazar su postre habitual por fruta. Por las características físicas y químicas de la media de las frutas (alto contenido en agua y fibra; necesidad de masticación; baja densidad energética), más o menos rápidamente se lograría inducir la saciedad y la persona en cuestión simplemente no querría comer más.

Pero había un detalle más. A Carolina le gustaba la fruta, pero “no para el postre”, según ella misma había dicho.

En ambos escenarios, Carolina debería ceder algo. ¿Cuál sería entonces mejor opción?

-¿Cuáles son las frutas que mas te gustan? – le pregunté.

Si podía hacerla vincular claramente los conceptos de “placer” y “fruta”, quizás sería más fácil convencerla de la propuesto que yo ya tenía en mente.

-Mm, creo que las manzanas rojas. Pero no sé. Es tan difícil encontrar una manzana de esas jugosas y ricas. Bah…se puede, pero salen el doble como mínimo.

Vi entonces la hendija para entrar.

-¿Cuánto te sale más o menos un chocolate de los que comprás normalmente? – le pregunté.

Rápidamente sacamos cuentas y Carolina se quedó sorprendida de lo que gastaba a diario en sus “noches dulces”.

Nuestro acuerdo fue, entonces, que ella destinaría ese mismo dinero a buscar las mejores manzanas que pudiera encontrar en su barrio y que probaría dos semanas reemplazando sus postres habituales por éstas. Le insistí en el hecho de que no se preocupara por la cantidad, que comiera las que tuviera ganas de comer.

Su esfuerzo, desde mi punto de vista, debía ser el de favorecer el cambio cualitativo. Por otra parte, dicho lisa y llanamente, “pasarse” a base de manzanas es prácticamente un disparate. La historia de Carolina no es una con un final cerrado. Los comportamientos alimentarios son tan complejos y diversos como las personas mismas.

Prueba y error. Lo infalible no existe.

 

*Ramiro Ferrando es Maestrando en Periodismo en la Universidad de Illinois, Licenciado en Nutrición (MN 8571), y Máster en Nutrigenómica y Nutrición personalizada. Su web: Pienso, luego como.

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